Manuel Pedregal reflexionó sobre libertad, instituciones y comercio en una época de crisis para España. Más de un siglo después, muchas de sus preguntas siguen vigentes.

España como caso europeo
El siglo XIX comenzó mal para España. La invasión francesa dejó tras de sí una guerra devastadora y, pocos años después, se produjo la pérdida de todo el imperio continental americano. A ello siguieron guerras civiles, pronunciamientos y revoluciones. Mientras rivales históricos como Francia o Gran Bretaña alcanzaban un gran desarrollo, naciones jóvenes como Alemania e Italia florecían. España parecía vieja y desarbolada.
Manuel Pedregal y Cañedo (1831-1896) creció en aquella España. Perteneció a una generación que recibió como herencia un país profundamente inestable, lo que les llevó a formular preguntas con espíritu crítico. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué otras sociedades avanzaban mientras España consumía tantas energías en sus conflictos internos? Este pensador, lejos de ensimismarse en los asuntos internos, miró hacia fuera buscando encontrar respuestas y llegar a la causa raíz de los males de España.
Esa mirada exterior le condujo hacia Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos o Portugal. Sus hallazgos, contrastados con la realidad de España que tan bien conocía, le permitieron identificar qué elementos consideraba fundamentales para que una sociedad pudiera progresar. Podemos agruparlos en tres ideas que atraviesan buena parte de su pensamiento: la libertad individual, la apertura económica y unas instituciones capaces de limitar el poder y generar confianza.
Siglo y medio después, resulta sorprendente comprobar hasta qué punto seguimos discutiendo sobre ellas. Porque sí, la historia ha demostrado que no debemos dar por garantizado el progreso.

El individuo en el centro del sistema
Como liberal, Pedregal consideraba que la libertad individual constituía el verdadero fundamento del progreso. El objetivo del Estado consistía en permitir, a través de sus instituciones, que las personas desarrollaran libremente sus capacidades.
Para Pedregal, la sociedad no constituía una realidad superior al individuo, sino simplemente el resultado de las relaciones entre personas. Por ello, desconfiaba de que un supuesto interés colectivo bastara para justificar la ampliación del poder del Estado. Consideraba que esa libertad de los individuos se defendía, en primer lugar, diferenciando entre la moral y el Derecho, es decir, rechazando que la necesidad, por sí misma, bastara para generar relaciones de derecho. Esto no implicaba indiferencia hacia el bien común. Pedregal, de origen humilde y comprometido con distintas iniciativas sociales, desconfiaba precisamente de que objetivos moralmente deseables justificasen el «despojo de los derechos de unos en beneficio de otros» con «palabras muy sonoras».

En la actualidad, las sociedades occidentales conceden una importancia creciente a objetivos colectivos y a la protección de grupos desfavorecidos. La pregunta de Pedregal sigue siendo pertinente: ¿Hasta qué punto puede perseguirse un fin considerado justo sin reducir la esfera de libertad de quienes integran la sociedad?
Otra condición indispensable para contar con una ciudadanía libre es la igualdad. Esta preocupación por proporcionar oportunidades desde la base encaja con su participación en la fundación de la Institución Libre de Enseñanza y con la importancia que concedió a la educación. Consideraba que una sociedad próspera solo podía existir con la igualdad de la ciudadanía, garantizando que todos pudieran desarrollar sus capacidades en libertad. Pero, al mismo tiempo, advertía sobre el riesgo de confundir entre la igualdad de oportunidades y resultados. Quizás es aquí donde más ha mutado la sensibilidad de nuestro tiempo, pero la tensión entre igualdad de oportunidades y uniformidad de resultados continúa formando parte del debate contemporáneo.
Nuestro pensador se refirió a la libertad de expresión como otro elemento fundamental para el progreso del conocimiento y, como tal, la libertad de las personas. Si una sociedad impide cuestionar mediante la censura las ideas recibidas, advertía, condena el futuro a permanecer bajo «la tiranía de lo presente».
«La difusión de las ideas es un derecho individual y nada mas que un derecho. Los medios, de que para ello, nos valemos, la palabra y la escritura, requieren libertad ilimitada en su desenvolvimiento, porque de otro modo las doctrinas recibidas o las del poder, solamente por estar en posesión, avasallarían a las doctrinas contrarias y quedaría roto el equilibrio entre los hombres pensadores».
Su principal advertencia se dirigía contra quien se atribuye la facultad de decidir qué puede ser discutido. En el siglo XIX, esta amenaza procedía principalmente del Estado, de la censura de prensa o de la prohibición de determinadas ideas. En las democracias contemporáneas adopta formas más ambiguas. Aunque se mantiene la libertad legal de expresión, la presión ya no procede únicamente del Estado, ya que puede adoptar una dimensión social, profesional o reputacional. Esto ha dado lugar al fenómeno de la autocensura. La reflexión de Pedregal sigue siendo actual precisamente por esta razón. Una sociedad abierta no se distingue por carecer de convicciones, sino por aceptar que incluso sus consensos deben someterse a discusión.
Pero la libertad individual no bastaba para explicar por qué unas sociedades estaban transformándose con tanta rapidez. Para responder a esa pregunta, Pedregal volvió a mirar hacia fuera. Y encontró en la Europa central uno de los procesos que marcaron su pensamiento y acción política.
Una economía abierta al intercambio

Alemania todavía no existía como el Estado que hoy conocemos cuando comenzó a producirse una transformación decisiva. Antes de la unificación política de 1871, numerosos Estados germanos habían ido eliminando barreras comerciales mediante el Zollverein (la unión aduanera alemana), creando un mercado cada vez más integrado.
Pedregal observó aquel proceso con enorme interés. En La Unión aduanera de España y Portugal, aparece como un pensador que mira a la economía como elemento impulsor del progreso. En 1879, expresó que la unión de mercados se traduce en unión de intereses e ideas. Porque el comercio —decía— no solo mueve mercancías, mueve conciencias. Por lo tanto, creía firmemente en el librecambio, porque entendía que el contacto de intereses sacaba a los pueblos del letargo: «La principal palanca está siempre en las energías morales».
Lo que le interesaba de aquel proceso era su secuencia: los intereses económicos compartidos habían comenzado a acercar a los Estados germanos antes de que existiera una Alemania políticamente unificada. La intuición resulta reconocible hoy en la construcción del mercado común europeo: La integración económica puede preceder formas más profundas de cooperación política. Y, en un mundo dominado por economías de enorme escala, el tamaño del mercado vuelve a ser una cuestión estratégica.
«La tendencia a constituir grandes unidades es uno de los rasgos característicos de la edad presente».

Pedregal fue crítico con el proteccionismo como antítesis del librecambismo. Lo asociaba a la carestía y al riesgo de que intereses particulares capturasen la política económica. Por ello censuró tanto el giro proteccionista europeo de finales de siglo como los aranceles estadounidenses. Su admiración por Estados Unidos no le impedía señalar esta contradicción ya que, a su juicio, prosperaba pese al proteccionismo, favorecido por la enorme escala de su mercado interior.
Estas reflexiones terminaban regresando siempre al mismo lugar: España. Si la integración económica había permitido articular intereses comunes entre los Estados germanos, ¿podía la Península Ibérica recorrer un camino parecido? Ahí conectó con el iberismo, esto es, la corriente de pensamiento que, en su siglo, trató de promover la unidad entre Portugal y España. No desde una óptica hegemónica, sino concibiendo una península cooperativa. Mientras Alemania e Italia avanzaban hacia grandes unidades políticas y económicas, Pedregal imaginaba para la Península un iberismo liberal y económico. Para España, permanecer aislada significaba quedar al margen de una transformación que estaba reorganizando Europa al calor de la revolución industrial y el creciente intercambio comercial.
Instituciones con propósito (y duraderas)
Si Alemania constituía para Pedregal un laboratorio económico, Gran Bretaña y Estados Unidos lo eran en materia política. Buscaba comprender qué había en su organización política que permitía canalizar el conflicto sin recurrir constantemente a revoluciones o pronunciamientos. La clave de sus instituciones estaba en la confianza.
Esta mirada explica su admiración por Gran Bretaña y Estados Unidos. En Gran Bretaña observaba una Cámara de los Comunes con capacidad para influir sobre el Gobierno, junto con amplias libertades de expresión, asociación, reunión y petición. En Estados Unidos valoraba la división del poder legislativo, la autonomía de sus comunidades y un sistema de contrapesos concebido para impedir que una sola autoridad pudiera imponerse al conjunto. Detrás de aquella admiración estaba su concepción del Estado: intervenir allí donde las libertades entraban en conflicto y garantizar los derechos.
Pedregal concedía una importancia central al sufragio, que debía dar lugar a una representación que estuviera acompañada de garantías, permitiendo al ciudadano influir realmente sobre el poder. La experiencia en España le hacía insistir en la necesidad de unas instituciones que no fueran una mera formalidad. El sistema debía ser genuino en su división de poderes, pues podía existir sobre el papel y fracasar en la práctica.
«El legislativo no es fiel representación de la voluntad del pueblo; reúne en sus manos el Ejecutivo un cúmulo de fuerzas y facultades tan poderosas y absorbentes, que le constituyen en único poder del Estado».

Esta afirmación casi constituye una advertencia para nuestro tiempo, pues destaca la importancia de los contrapesos en un sistema democrático, pero éstos pueden erosionarse mediante la acumulación de desequilibrios, que poco a poco pueden ir mermando la división de poderes del Estado y deteriorando la calidad e imparcialidad de las instituciones.
Pedregal veía también en la excesiva centralización administrativa una amenaza para la libertad política. La dependencia administrativa podía convertir al elector, en sus palabras, en «eco del poder ejecutivo». Frente a ello defendía la autonomía municipal y provincial como una forma de distribuir el poder y acercar la responsabilidad política al ciudadano.
El recorrido terminaba así donde había comenzado. Pedregal había mirado a Alemania para comprender el valor de la integración económica; a Gran Bretaña y Estados Unidos para estudiar instituciones capaces de limitar el poder; y a Portugal para imaginar una posible ampliación del espacio económico peninsular. Pero el objeto de aquella comparación nunca dejó de ser España. Mirar hacia fuera era, en realidad, otra forma de pensar cómo sacarla adelante.
Las preguntas que continúan
Manuel Pedregal no fue un gurú ni dejó una fórmula capaz de explicar por sí sola por qué unas sociedades prosperan y otras fracasan. Fue un hombre de su tiempo, ávido de conocimiento y que nunca cejó en su empeño de aprender y mirar al mundo con una fascinación casi propia de un niño para el que todo es nuevo. Pero quizá sea precisamente eso lo que hace hoy interesante su pensamiento.
Pedregal perteneció a una generación formada en los principios del liberalismo que había impulsado las grandes transformaciones políticas del siglo XIX. La libertad individual, la igualdad ante la ley, la representación política, la división de poderes, la limitación del Estado o la apertura económica no eran entonces principios consolidados. Hoy los damos por supuestos, pero entonces todavía se encontraban en construcción. Las revoluciones liberales y el constitucionalismo fueron incorporándolos, con avances y retrocesos, a los Estados europeos y contribuyeron a construir el marco político del que acabarían surgiendo las democracias liberales contemporáneas.
Por eso muchas de sus reflexiones siguen teniendo sentido. No porque Pedregal pudiera imaginar nuestro mundo, sino porque todavía nos encontramos dentro del marco político e institucional que su generación ayudó a construir.
Han cambiado profundamente las sociedades. Pero las preguntas esenciales siguen con nosotros. ¿Dónde termina la libertad del individuo y comienza el interés colectivo? ¿Hasta dónde debe llegar el poder del Estado? ¿Cómo evitar que las instituciones terminen sirviendo a quienes deberían controlar? ¿Debe protegerse una economía frente al exterior o favorecer el intercambio? ¿Puede una sociedad conservar su capacidad de progreso si deja de tolerar la discrepancia?
La historia posterior ha introducido además paradojas que Pedregal no pudo prever. China ha demostrado que es posible combinar un extraordinario desarrollo material con un sistema político autoritario, instituciones con gran capacidad de ejecución y una apertura económica selectiva. Al mismo tiempo, las democracias liberales atraviesan hoy dificultades como la polarización, pérdida de confianza institucional, inseguridad económica y una clase media sometida a crecientes tensiones.
Nada garantiza, por tanto, que el modelo político surgido de aquellas transformaciones del siglo XIX vaya a perdurar por muchos siglos. La democracia liberal no es el resultado inevitable del progreso histórico.
Pedregal vivió un momento fundacional en el que muchas certezas estaban todavía por construir. Siglo y medio después, con sociedades radicalmente diferentes, seguimos discutiendo sobre estas cuestiones. Posiblemente, el sentido de incertidumbre no ha cambiado. Por eso, al igual que él puso su atención fuera de su país para aprender, a veces también es bueno que nosotros echemos la vista atrás.