Cuando Alemania exigió el paso de sus tropas por Bélgica en 1914, la respuesta del rey Alberto I sorprendió al mundo. Desafió a una gran potencia militar y se convirtió en símbolo de resistencia. Esta es la historia de cómo un rey redefinió el liderazgo en un momento crítico para Europa.

A la búsqueda de un nuevo sentido
El reinado de Alberto I comenzó en 1909. Heredó la corona de su tío Leopoldo II, un rey controvertido que falleció sin descendencia. En la Conferencia de Berlín de 1885, las potencias europeas habían otorgado la administración del Estado Libre del Congo no al Estado belga, sino al propio monarca. Esta diferencia, atípica en aquellos tiempos, ofrecía aún menos garantías para sus habitantes que el resto de modelos de administración colonial. La explotación del marfil y, posteriormente, del caucho, dio lugar a un régimen de trabajo inhumano, y se estima que perecieron entre 5 y 10 millones de personas bajo aquella cuestionable administración.
El problema para Alberto I no era únicamente el legado colonial asociado al nombre de Bélgica. A comienzos del siglo XX, las monarquías europeas atravesaban además una crisis de legitimidad y liderazgo.

El parlamentarismo del siglo XIX redujo de manera notoria el poder de los monarcas europeos. La revolución industrial vino a acelerar ese proceso, transformando las estructuras sociales y económicas. Surgieron nuevos poderes, y los medios de comunicación de masas hicieron el resto: Cada vez más, figuras emprendedoras acaparaban los titulares. La posesión de títulos nobiliarios se convirtió en un anacronismo frente a las fortunas de nuevos magnates.
El desafío no era únicamente político. Era también un problema de liderazgo. ¿Cómo podía seguir siendo relevante una institución cuyo poder real disminuía año tras año? Una nueva generación de reyes trató de transformar el sentido de la monarquía: Frente a la legitimidad basada en el derecho divino, algunos monarcas decidieron convertirse en figuras de servicio, asumiendo un papel moral.
Por ejemplo, Alfonso XIII de España trató de representar este papel durante la Primera Guerra Mundial. Dada la neutralidad de su país, vio la oportunidad de asumir un rol de mediador entre las Potencias Centrales y los Aliados fundando, en 1915, la Oficina de la Guerra Europea. La labor humanitaria desplegada por Alfonso XIII y sus colaboradores fue loable.
Alberto I asumió este papel de una manera distinta. Cuando su gobierno partió hacia el exilio, él decidió permanecer al frente de su ejército, una decisión que comunicaba a los belgas que su rey no los había abandonado.
Entre 1914 y 1918, otras casas reales que no supieron leer el nuevo paradigma colapsaron, caso de los Romanov en Rusia, los Habsburgo en Austria-Hungría o los Hohenzollern en Alemania. La revolución de 1917 y la ejecución del zar y su familia un año más tarde fueron episodios que vinieron a confirmar aquel planteamiento.
Un pequeño reino frente a una ofensiva demoledora
Alemania llevaba años preparándose para una guerra continental. El Plan Schlieffen, concebido para derrotar rápidamente a Francia antes de enfrentarse a Rusia, convertía a la neutral Bélgica en una pieza indispensable del tablero.

En agosto de 1914, Alemania dio un ultimátum a Bélgica: O permitía el paso de sus tropas hacia Francia, o sería invadida. La negativa belga no se hizo esperar, y tampoco la consiguiente declaración de guerra alemana. Los belgas, acostumbrados a su eterna neutralidad, estaban a punto de entrar en pánico.
Ante la invasión inminente, Alberto I comprendió que la rendición no era solo una derrota táctica, sino el fin de su relevancia como líder. Por ello, asumió personalmente el mando supremo de las fuerzas armadas. Con esta decisión, rompió con su rol de monarca constitucional y unió su destino al de sus compatriotas, movilizando la moral de un país al borde del pánico.
Para evitar la aniquilación total de sus fuerzas armadas, ejecutó una maniobra de repliegue estratégico hacia una posición defensiva en la costa (el «Reducto Nacional» de Amberes). Pero en octubre, tras la rendición de esta ciudad portuaria, el rey hubo de afrontar el combate, luchando de manera heroica en la batalla de Yser. Cuando la situación parecía desesperada, tomó una decisión de alto impacto: Abrir las compuertas de Nieuwpoort para inundar las tierras bajas del Yser. El agua detuvo por fin a los alemanes, con lo que el monarca priorizó la supervivencia de su estructura sobre la integridad del territorio.
Desde este momento, el frente se estabilizó. La guerra perdió dinamismo en el frente occidental, dando lugar a la guerra de trincheras. Los belgas conservaron una pequeñísima franja de su territorio, en la costa. Justo al sur, en la zona de Ypres, los británicos mantenían el frente. Mientras el gobierno belga partió hacia Francia, el rey permaneció junto a sus tropas durante toda la guerra, y fijó su residencia en la localidad de La Panne, muy próxima al frente. Aquella decisión marcaría los cuatro años restantes de guerra.

El rey en el barro
El terreno en el frente de Flandes era pantanoso, resultando especialmente incómoda la existencia en las trincheras, donde los soldados se exponían al barro y enfermedades como el pie de trinchera.
Así, los cuatro años de estancamiento de la guerra fueron largos. En este tiempo, la estrategia de Alberto I consistió en minimizar las bajas y mantener la moral alta. A diferencia de algunos generales franceses y británicos, rechazó cualquier ataque arriesgado. Su presencia en el frente era constante. Si Alberto I se ganó el sobrenombre del rey soldado, la reina Isabel fue conocida como la reina enfermera. Y es que, además de establecerse con su marido en La Panne, diariamente acudía al hospital de esta ciudad para asistir a los heridos. Por lo tanto, los monarcas compartían su compromiso con la soberanía de Bélgica hasta las últimas consecuencias. Un liderazgo basado en ir alineados con este objetivo.
En octubre de 1918 —a falta de un mes para el final de la guerra— pudo demostrar su tenacidad tomando parte en el extremo norte de la Ofensiva de los Cien Días, comandando el Grupo de Ejércitos de Flandes. Por primera vez, tuvo bajo sus órdenes tropas francesas y británicas, todo un reconocimiento explícito de los aliados. En la batalla de Courtrai logró romper el frente, liberando Brujas. Es cierto que, sincronizada con otras batallas masivas como la del Bosque de Argonne, ha pasado un tanto desapercibida.
La capacidad de aguante de Alberto I no se debe entender solo en un sentido militar, sino que la tenacidad que demostró ante la volatilidad supuso la diferencia entre la desaparación y la sostenibilidad a largo plazo, en este caso del Estado de Bélgica.
Lecciones de liderazgo para el mundo actual
| Adaptabilidad operativa | El líder está dispuesto a adaptar su rol (de monarca a estratega) cuando la estructura previamente definida es insuficiente para la gestión de una crisis |
| Presencia activa ante la adversidad | La legitimidad se basa en mantener la posición junto al equipo en los momentos críticos. En este caso, la importancia de «estar en el barro» frente a la opción del exilio |
| Decisiones de impacto | La capacidad de decidir acciones drásticas (inundación táctica de Nieuwpoort) como antítesis de la «parálisis por análisis» |
El papel de Alberto I en la Gran Guerra es, sobre todo, una lección de tenacidad. Entendida no como una obligación dada por su rol, sino como una decisión estratégica, y también de carácter personal. Su capacidad de aguantar ante la adversidad fue sin duda inspiradora, dando continuidad a la soberanía belga, y una legitimidad clara ante el resto de aliados cuando el curso de la guerra dio un vuelco. El mensaje sería: Yo también combatí, mi país también plantó cara. En una época en la que varias monarquías cayeron, el rey soldado entendió que la autoridad ya no nacía de la sangre o de los títulos, sino del ejemplo.
Si te interesa seguir explorando
Libros recomendados
- Barbara W. Tuchman, Los cañones de agosto.
- Richard Overy (ed.), La Primera Guerra Mundial.
- La Primera Guerra Mundial (Akal, gran formato).
- Anthony Livesey, La Primera Guerra Mundial. Europa en las trincheras (Folio)